Me olvidé de las cinco letras de tu nombre,
no recuerdo si era bisílabo ni de cuantas vocales
se componía.
Lo pronuncié tantas veces
que ya no lo recuerdo, lo gasté.
Lo quemé o quizá no,
quizá me quemaste tú a mí.
Pero de lo que no me olvido es de cómo
me hacías sentir.
Yo era una margarita que tú deshojabas,
a veces me querías y otras, no.
Y acabé marchita, me secó tanto dolor
que ni mis raíces conseguían revivir mis pétalos.
Te los llevaste tú, como tantas otras cosas.
Como mis besos, esos que tenemos
en custodia compartida.
Yo aún los siento pero he decidido
que te los quedes tú todos, yo ya no los quiero,
no los necesito.
No necesito recordar ni tu nombre
porque me sé todas las letras del mío,
y del suyo.
No necesita mencionarme porque
sólo con mirarme me hace sentir viva.
Con él no soy una flor marchita,
soy un jardín entero.
Es mi propia primavera,
aquella
que me hace florecer.
Ha conseguido cambiarle el sentido
a mi vida y a esta poesía.
Las horas de mi reloj van en sentido
contrario, van camino de la felicidad.
Mi felicidad.
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