hablando de ti
pero no sé cómo
ni de qué hablar.
Podrás llamarme idiota
pero ya sabes que nunca
se me dieron bien los comienzos.
Yo era un desastre,
un caos
y tú,
llegaste como mi salvación.
Te conocí de la manera
en que pensé que no
llegaría a conocerte.
Tampoco pensé
en llegar a conocerte,
pero llegaste
y te quedaste.
Era de noche y no
mi mejor noche, pero
luego sí, cuando te vi.
Tus ojos eran como el café,
como el de mis mañanas,
oscuro.
Pero iluminaban.
Tus manos eran
lo suficientemente protectoras
para cuidar mis miedos.
Los cuidabas tan bien
como mis sonrisas,
esas que aparecían
después de mil besos.
Quiero que sepan
como conseguiste
que me quisiera de nuevo.
Porque dejé de quererme,
sólo me lloraba,
me gritaba,
me rompía.
Lloré al romperme,
me rompí
porque me hicieron grietas.
Y llegaste tú de noche,
con tiritas en los ojos
para mis cicatrices,
para sanarme.
Erizabas mi piel
como el frío,
pero con efecto calor.
Me querías sin herirme,
con tus ojos,
con tus manos
y tu boca.
Llegaste a tiempo
para salvarme
antes de caer.
De noche,
pero viniste.